Roberto Santoro, el poeta que es bandera

POR JULIÁN SCHER / EL FURGÓN

Lo único que se escucha es la voz de Ana María Martínez de Titolo contando algo que nadie sabe:

-Ese de la foto es el Pelado. Colgaba las banderas con mi marido todos los domingos en la tribuna.

Abril de 2018. El Galpón Cultural Roberto Santoro, a pocas cuadras del Estadio Presidente Perón, es el escenario de una revelación que no había integrado hasta entonces ninguno de los tantísimos homenajes que reivindicaron el compromiso y la dignidad del Pelado, o sea, de Roberto Jorge Santoro.

Roberto Santoro en el taller de Pedro Gaeta

Santoro nació el 17 de abril de 1939 con dos nombres, un apellido, un número de documento y una identidad de las que jamás abjuró: RacingSalvador Santoro, su papá, y Juan Delisio, su tío materno, se encargaron de heredarle una patria que tiraría paredes con la convicción de pelear por un mundo justo hasta que la última dictadura lo secuestró el 1 de junio de 1977. Sin haberse enterado aún de la confesión de Ana María, el todoterreno Vicente Zito Lema, delante de un auditorio embelesado por la belleza con la que ratifica que siguen sobrando motivos para apostar por una sociedad sin opresores y sin oprimidos, detalla que Santoro y él eran los únicos del grupo de la revista autogestiva Barrilete que vibraban con los goles del Chango Cárdenas.

Ana María gambetea como puede la emoción que le clausura la garganta y se larga: “Para mí, siempre fue el Pelado. Nunca supe cómo se llamaba. Venía seguido a mi casa y andaba de acá para allá decorando la popular antes de cada partido. Hubo un momento en el que dejé de verlo y mi esposo me dijo que estaba pasando por una situación difícil. Y no volví a tener noticias suyas hasta que vi su foto en un libro y me enteré de que es uno de los 30.000 desaparecidos”.

Cuando alguien pregunta si es cierto que Santoro interrumpió en diciembre de 1965 su luna de miel en una quinta en la localidad bonaerense de José C. Paz para llegar corriendo al Cilindro a ver un triunfo por 3 a 1 frente a GimnasiaAna María esboza una mueca: el Gallego Titolo, tan fundador de la Guardia Imperial hacia finales de los cincuenta como amor de su vida, hubiera hecho lo mismo. Un retazo de esa época en la que Santoro iba y venía de Chacarita a Avellaneda y de Avellaneda a Chacarita aparece en “Literatura de la pelota”, obra maestra publicada en 1971: “Cuando la hinchada de Racing puso en vigencia el famoso ‘Y ya lo ve’, surgieron en otras barras las variantes del caso con el que se vivaba o vituperaba a una persona o a un club”.

El periodista español Miguel Ángel Ortiz Olivera no está al tanto del relato de Ana María pero sí de la pasión de Santoro por la Academia. Consulta para un libro en gestación si alguien puede dar fe de haberlo visto en la segunda final de la Copa Intercontinental de 1967 en la que Racing le ganó como local al Celtic por 2 a 1. Neneca, la hermana del militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), no se anima a aseverarlo pero tampoco encuentra razones como para imaginarlo en otro lado aquel 1 de noviembre que forzó la definición en Montevideo. Dolores, la compañera del Pelado, aporta un dato más: en el pequeño departamento donde vivía con su familia, gritó tanto el zapatazo del Chango Cárdenas que despertó de la siesta a Paula, la hija de ambos, una niñita en ese tiempo.

Ana María no tiene manera de intuir que, dentro de pocos días, Neneca pisará la sede central de la Universidad Nacional de Avellaneda, casi enfrente del Galpón Cultural Roberto Santoro, para entregarles un ejemplar de la primera edición de “Literatura de la pelota” a un grupo de hinchas de Racing que le ofrenda un banderín. Un espiral de aplausos marchará sobre la calle Colón, la misma por la que Santoro caminaba cuando se bajaba del 93 en la hoy estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. “Verbo irregular”, escrito por él en 1974, bien podría estar dedicado a ellos dos porque la historia, a veces, es dura y se parece:

yo amo

tú escribes

él sueña

nosotros vivimos

vosotros cantáis

ellos matan

Presente, presente, presente. El grito retumba contra el techo de chapa. Se escuchan 25 palabras concatenadas: “Igual se sabe el final de esta historia, que no será, por otra parte, el final de la historia, sino su contribución hacia el futuro”. Están en una carta que Santoro le envió al escritor Elías Castelnuovo poco antes de que lo desapareciera el terror genocida.

Ana María no logra que las lágrimas dejen de barrerle las mejillas. “Acá está la esperanza”, dice mientras mira cómo su nieta más chiquita le sonríe desde el cochecito. Antes de poner un pie en la vereda de la calle España, se detiene. Gira el cuello y la ve por última vez: la foto del hombre que siempre será bandera sigue desafiando el porvenir.

 

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