» Por Matías Ruffet

Bastía, del papelito al póster de la gloria

Bastía, del papelito al póster de la gloria

Algunas tribus sostenían que sus almas eran robadas cuando las fotografiaban. Por esa creencia, varias evitaban que una cámara las apuntara y se concretara la apropiación de algo tan valioso como intangible. Para el futbolero, el retrato de sus ídolos es uno de sus primeros tesoros. Y el póster de una formación que le dio alegrías se convierte en un testimonio, en la posibilidad instantánea de formular una serie de apellidos que adquieren carácter mitológico.
 
 
Hacé memoria. Reconstruí esa pared antes y después de colgar un póster de los que dejaron el alma por tu camiseta. ¿Quiénes lo integraban? ¿De dónde habrán salido esos desconocidos que se sumaron a los costados de los jugadores? ¿A qué partido pertenece? ¿Tiene un título o simplemente están los jugadores-héroes delante de la cámara?
 
 
“Cartel que se fija en la pared sin finalidad publicitaria o habiendo perdido ese carácter”, así definió al póster la Real Academia Española. Más allá de que el origen de la palabra viene del inglés y alude al letrero puesto sobre un poste, el amante del deporte –y del fútbol en particular- podría conceptualizarlo como al papel que inmortaliza una alegría. Es una conexión con otro tiempo feliz.
 
 
Las recetas de un plato podrido las dicta el FMI y son cada vez más los que rascan la olla. Falta trabajo. Sube el riesgo país. Domingo Cavallo es voz autorizada. La guita no alcanza. Hay fútbol codificado y trueque. Está Fernando Marín. En medio de esas postales apocalípticas de 2001, hay lucha. Y también, fútbol. Y Racing está para el póster.
 
 
En la Argentina de los pocos pesos, de la devaluación, de los patacones y lecops, de los cinco presidentes en una semana, la lucha del Racing de Mostaza tiene un símbolo: Bastía. Campagnuolo; Maciel, Loeschbor, Ubeda; Vitali, Bastía, Bedoya; Chatruc, Gustavo Barros Schelotto; Milito y Estévez era la formación base que rompió los 35 años de angustia, la que se convirtió en el póster de los que soñaban repetir o gritar por primera vez “dale campeón”.
 
 
“Lo primero que recuerdo sobre Racing es el estadio. Me probaron en el Cilindro, y cuando vi semejante cancha, pensé: ‘acá tengo que dejar la vida. No me puede ir mal’”. El Polaco, que así evocaba su arribo al lugar en el que se convertiría en ídolo, cumple 40 años y es el último campeón del Apertura 2001 que colgará los botines. Llegó de Gobernador Crespo, Santa Fe, y se convirtió en presidente del mediocampo de la Academia.
 
 
En el marco de una realidad de terror, Mostaza siempre creyó. “Me cansé, vamos a salir campeones”, dijo tras el empate con Banfield. Aquel 0-0 dejaba a su Racing apenas tres puntos arriba del River de Ramón Díaz. ¿Cómo iba a temer Merlo, si contaba con un 5 a su imagen y semejanza? Cuando Mostaza jugaba en River, su despliegue impresionante asombraba cada domingo, a tal punto que Muñoz -el relator más popular de la época- le preguntó cuántos pulmones tenía. “Uno, José María, como todo el mundo”, respondió con total naturalidad el hombre-estatua. Anatomía al margen, Mostaza recordaba sus mejores tiempos cuando Bastía dominaba el mediocampo con la bravura de un león que causaba el rugido de toda la tribuna.
 
 
Para la multitud que cada fin de semana peregrinaba paso a paso a la gloria, el Polaco era el representante de uno de los hits de aquella campaña. “La Acadé/ Ponga huevo y vaya al frente con el corazón/ Que esta hinchada se merece ser campeón”, fue parte de la banda sonora de una hinchada enamorada e identificada del mediocampista central que se multiplicaba en cada jugada.
 
 
Bastía fue lucha, pero no sólo en la cancha. También se peleó con Chatruc en una de las prácticas previas a la coronación. El Polaco y Pepe se fueron a las manos, a tal punto que entre varios compañeros intercedieron para que la escena de pugilismo no continuara. “¡No quiero ver nada en el diario!”, les gritó Mostaza, consciente de que la extensa espera del partido cumbre afectaba los ánimos de un plantel que no veía la hora de jugar.
 
 
El 20 de diciembre de 2001 Bastía cumplió 23 años y De la Rúa abandonó la Casa Rosada en helicóptero, después de una represión brutal con la que se cerró una gestión que mató en distintas dimensiones: económicamente, con sus políticas dictadas por el FMI, y también con plomo en las calles, cuando el pueblo salió a gritar "que se vayan todos". Martín Vitali, el incansable Pelotín que hacía del carril derecho su autopista para asistir a los de arriba y colaborar en la marca, se subió al auto y se movilizó al centro, conmocionado por las impactantes imágenes que miraba por TV en las horas finales del Gobierno de la Alianza.
 
 
Ya sin De la Rúa y sin el helicóptero, lo que acontecía en la Casa Rosada volvió a tener en vilo a todo Racing. Allí ingresó Fernando Marín, el gerenciador de la Academia, junto con Mauricio Macri, entonces mandatario de Boca, y Julio Grondona, el capo de la AFA, para reunirse con Ramón Puerta, uno de los presidentes que tuvo la Argentina por esas horas. ¿El motivo? Confirmar la realización o la postergación de la causa que tenía en vilo a todos los racinguistas: el partido ante Vélez.
 
 
Marín, otra vez, saldría sonriente. El mismo hombre que actualmente pugna por impulsar la figura de las Sociedades Anónimas Deportivas en el fútbol argentino (buscará revancha en 2019), el mismo dirigente que hoy tiene acceso a la Rosada que gobierna Macri, confirmó al plantel que el 27 de diciembre irían por la ansiada vuelta olímpica.
 
 
En época de fiestas de fin de año, un país sin argumentos para celebrar sólo tenía un motivo para pensar -al menos por algunas horas- en la épica y la gloria: Racing campeón. Bastía, parte esencial del equipo que llegaría a lo más alto del fútbol nacional, estaba por cumplir el primer aniversario de un momento traumático. El 31 de diciembre de 2000, en una ruta de Santa Fe, el auto en el que viajaba junto con amigos volcó. Uno de ellos murió.
 
 
Casi 365 días después de aquella tragedia, el Polaco estaba en la foto del equipo que había logrado lo tantas veces soñado y esquivo para distintas generaciones académicas. Marín, el gerenciador que había prometido un Racing colosal y que se marchó luego de un proceso de ahogamiento del club, le agradeció el título al plantel. Sin embargo, apenas dos días después de la gesta, descontó la medalla entregada a cada jugador en el partido de festejos, frente a Guaraní de Paraguay.
 
 
"¿Si me sorprendió que Marín nos cobrara las medallas por el campeonato ganado en 2001? Sí", reveló el Polaco, años después, en referencia a la medalla que se llevó en ese duelo amistoso ante el equipo paraguayo que dirigía Gustavo Costas, el ídolo que como entrenador de Racing le había pedido al  Polaco -en plena etapa de la quiebra- que no se hiciera expulsar más.
 
 
El ímpetu de la primera versión profesional de Bastía recibía, de manera frecuente, tarjetas y el camino de salida. Pero supo imponerse, como cuando era un pibe y llegó desde Gobernador Crespo para una prueba en Huracán, donde el ex futbolista Claudio Morresi lo observó y prefirió no ficharlo. Ante el resultado negativo de esa excursión, Alejo Medina, el hombre que llevó al Polaco al Globo, tomó un papel y escribió "Adrián Bastía". Se lo entregó a Morresi y, antes de irse, le avisó que ese nombre y apellido iba a llegar a Primera.
 
 
No sólo llegó. Sino que a ese papel, años después, podría agregarse la descripción que hoy incluye a Bastía en la galería de los ídolos de Racing: "Desde el mediocampo, resultó un puntal insustituible en la obtención del Torneo Apertura 2001". "No soy un símbolo de Racing, sé que los hinchas me quieren mucho y ellos son los que te ponen en ese sitio. Yo entregué el corazón en cada partido que jugué, bien o mal, para que les quede algo de lo que fui. No tengo palabras para agradecerles todo el cariño", enfatizó en uno de sus regresos al Cilindro, en 2013, cuando el club atravesaba una crisis dirigencial que incluyó las renuncias del presidente Gastón Cogorno (por Twitter) y del vice primero, Rodolfo Molina.
 
Aunque no cumplió el deseo de retirarse con la camiseta de Racing, recibió ovaciones cada vez que pisó la mitad celeste y blanca de Avellaneda y, pese al paso de los años, en la mayoría de esos partidos se destacó como una de las figuras. Alguna vez reveló que fantaseaba con ser arquero. Cuestión del destino, tuvo que pararse bajo los tres palos durante un encuentro de Atlético Rafaela y atajó un penal. En el club de su niñez y adolescencia, Remedios de Escalada, incluso se desempeñó como delantero. Para homenajear aquel pasado, en el Apertura 2006 definió como un excelso goleador para sellar un gran triunfo ante River.
 
No es casualidad que haya atajado un penal o que convirtiera en posición de 9, si Bastía siempre estuvo en todos lados. Como en 2001, en tiempos de FMI y Racing puntero. Como hoy, en tiempos de... FMI y Racing puntero.

Publicado el 20/12/2018
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