» Por Nicolás Zuberman y Gonzalo Cardozo

Ángel Flores: “Hace más de 50 años que no falto a un partido en el Cilindro”.

Ángel Flores: “Hace más de 50 años que no falto a un partido en el Cilindro”.

Ángel Rubén Flores celebra que sus padres hayan fallecido entre semana para no tener que faltar a la cancha ni un partido. Los clubes de fútbol tienen ídolos que construyen su grandeza. Pero también tienen hombres que los sostienen. Son los invisibles. Esos tipos a los que se le conoce su cara, porque allí están cada vez que los ojos se posan sobre el Cilindro, pero no sabemos quiénes son.

 

Ángel Rubén Flores lleva seis décadas viajando desde Chacabuco a Avellaneda cada vez que la Academia juega de local. En la previa, su trabajo consiste en darle la bienvenida a los árbitros, masajearlos si tienen alguna molestia. Y una vez que el partido comienza pasa a ser el jefe de los alcanzapelotas, ese morocho de pelo largo, alto y desgarbado que entra con una bolsa enorme y va repartiendo pelotas e instrucciones a los juveniles antes de pararse detrás de un arco, a la espera de que el juez marque el arranque.

 

Ángel Rubén Flores, en la mitad celeste y blanca de Avellaneda, es Gelo: “De chiquito me decían Angelo, y con el paso del tiempo algunos lo transformaron en Gelo, así me conocen todos en el club”. A veces los hinchas le piden fotos aunque no terminen de conocer quién es. Saben que es el tipo que suele aparecer en las repeticiones gritando los goles detrás del arco, o que a veces se pone detrás de los jugadores cuando dan una nota en el campo de juego. Su cara, de alguna manera, es Racing. “Hace más de 50 años que no falto a un partido en el Cilindro. Tuve que dejar casamientos y cumpleaños de lado. Hasta velorios.”.

 

-¿Y nunca te cansaste de venir?

-No, jamás. Cuando viene el receso me amargo mucho porque extraño. Pienso que vendré hasta que me dé el cuerpo. Aunque hace poco me crucé a Basile y me dijo que me ponía formol, que estaba siempre igual. Me decía que era mi viejo el que alcanzaba pelotas, que no era yo. Si algún día alguien me dice que no puedo entrar más al campo o trabajar de masajista de los árbitros, seguiré viniendo aunque sea como hincha. Ahora mi hijo maneja el carrito que lleva los lesionados. Hace más de 30 años que está acá también. Somos enfermos de Racing los dos.

 

Gelo da la bienvenida en el vestuario de los árbitros, donde se mueve con la comodidad de lo que es: uno de los rincones que más conoce de su casa. Sólo interrumpe las anécdotas que acumuló en estos 60 años que lleva en el club para devolver el saludo a la gente que entra a darle un abrazo. Los Ray Ban bordó lo hacen parecer un rockero. Rebobina hasta el comienzo de esta historia y pone play: “Llegué en la época de Corbatta por un pariente que trabajaba de boletero y que vivía en La Boca. Era 1958. Yo tenía nueve años. Un día mi primo le dijo algo a Corbatta y me llevó al vestuario. Para mí no era real, estaba viendo al lado mio cambiarse a esos monstruos. Ahí el Loco me dijo de salir a la cancha con ellos, como mascota”. A partir de ahí, empezó a ver todos los partidos de Racing desde el césped. No sólo los partidos: “En los años que tengo di unas cuentas vueltas olímpicas: 58, 61, 66, Libertadores 67, Intercontinental 67, Supercopa 88, 2001 y 2014. El tricampeonato del 49, 50, 51 me lo perdí, estaba con mis primeros latidos porque nací el 25 de mayo del 48”.

 

La vida de Gelo va al ritmo de la de Racing. Según los años en los que se ponga el zoom, la historia tiene otro color. Va desde alcanzarle la pelota a Mario Agustín Cejas en la final del mundo ante el Celtic a salvar del fuego el trapo de la Guardia Imperial, pasando por el hambre que alguna vez tuvieron los empleados de Racing. En un clásico del 97 el recibimiento fue impresionante. “Llueve papel como no había visto nunca”, definió Víctor Hugo Morales.  Detrás de los arcos quedó una montaña enorme de papel, que enseguida empezó a prenderse fuego. “Me empezaron a gritar: ´Gelo, la bandera, se nos prende fuego la bandera´. Y la policía me decía que no me moviera. La barra insistía. La policía -relata su jugada- que estaba con los bastones en las manos, pedían que me quedara quieto. Y bueno: me ganó el hincha y fui a desatarla. Para qué. Los bastonazos que recibí ese día no me los voy a olvidar nunca. Me marcaron todo. Pero salvé la bandera”.

 

Para esa misma época la barra había llevado al Cilindro una mulita para hacerle una broma a los árbitros que se acercaran a la tribuna local: la ataban arriba de la red del arco, con una piolita, para que apareciera de pronto. Y así los jueces se espantaban. Hasta que Javier Castrilli lo llamó a Gelo para sacarla. “La guardamos con los cancheros en un tanque de maíz porque estaba gordita, estaba linda. La idea era comerla al siguiente partido de local. Cuando llegué dos semanas después ya no estaba más: se la habían morfado”. Los 90 fueron épocas de hambre en el país y en Racing.

 

Hubo años más felices. Y también los ojos de Gelo fueron testigos. Para la final de la Libertadores en el 67, se fue a dedo hasta Chile. “Eran otros tiempos. Vos te arrimabas a cualquier estación de servicio y los camiones te llevaban sin ningun problema; sólo tenías que cebar mate y no quedarte dormido”, explica. Para ver el zapatazo de Cárdenas en Montevideo, en cambio, el pasaje se lo pagó Virginio Pugliese, el secretario del club. “Lo mejor de todo esto -define- fue conocer un montón de canchas, ir a todos lados. De visitante iba como hincha igual. No faltaba jamás”.

 

-¿Alguna vez tuviste problemas con alguien en el club?

 

-No, tuve la suerte de que no. Me valoraban que estoy a 250 kilómetros y vengo igual. Algunos te dicen ´vengo de Quilmes, vengo de Claypole´. Y yo vengo desde Chacabuco por lo menos una vez por semana.  Ni con dirigentes ni con técnicos ni con jugadores. Con algunos referís, por jugar para Racing, sí. Baldassi una vez me sacó la roja. Pero di la vuelta por abajo y salí por el túnel del otro lado. Ya ni me acuerdo qué hice: habré escondido una pelota, algo para hacer un poco de tiempo, cosas normales.

 

Los años que lleva en su oficio lo llevan a conocer ese tipo de estrategias. Alcanzar la pelota, tal como lo describe Gelo, puede transformarse en un arte. Cada partido tiene a su cargo a diez juveniles, casi siempre de la pensión. “A los arqueros, los mando atrás del arco para que vean de cerca los movimientos. A los volantes, al medio. Y a los delanteros a que vean a los nuestros de arriba. Es una manera de ayudar”. Aunque él no está ahí como formador, sino para aportar su experiencia, antes del partido les pasa un par de consejos. “Ahí está la viveza del pibe. No es que viene una pelota y pum, la alcanzás. Primero se tienen que fijar el color de camiseta del jugador. Después, cuánto tiempo va. Y también el resultado. Si vamos perdiendo tienen que ser una luz. Y si vamos ganando, más tranquilo, pausadamente”.


 

Con cada uno de los refrentes que tuvo Racing desde la década del 50 para acá, Gelo tiene una historia.

 

Oreste Osmar Corbatta: “Gracias a Dios, lo pude conocer bien. Tuve la buena o mala suerte de conocerlo mejor cuando dejó el fútbol, que se dedicaba más a la bebida. Entonces él me esperaba siempre en el Hongo con vino. Nunca un café o un té. Siempre vino. Era como un padre o un hermano mayor para mí. Al tiempo perdí el contacto y me avisaron que estaba en el Fiorito, internado. Fui a verlo y lloré mucho. Un ser humano excepcional, de otro planeta”.

 

Diego Milito: “Claro que lo tuve de alcanzapelotas. Él se acuerda. Nos saludamos cada vez que nos cruzamos”.

 

Lisandro López: “Para ir a su pueblo, en la época que él estaba entre inferiores y primera, podía pasar por Chacabuco y siempre me preguntaba en qué me iba después de los partidos. Yo le decía que en tren, en colectivo o a dedo, que no se preocupe. Pero él me insistía. No seas boludo. Dale, vení, me apuraba, ja. Me llevó cientos de veces. Esas cosas no tienen precio. Íntimamente es un flor de pibe, en todo orden. Íbamos tomando mate en el viaje. Yo trataba de no consutar mucho del partido, salvo que hubiéramos ganado”.

 

Mostaza Merlo: “Por Mostaza hice cada cosa. Me mandaba a ponerme siempre en el mismo lugar hasta que empezara el partido.Una vez estaba por arrancar, me mira y me dice: ‘¿te animas a cambiar el fútbol? Retrasame el partido.´ Yo no entendía nada. Y Mostaza insistía. Así que me metí, le hice señas al juez y cambié la pelota con una mentirita de que estaba desinflada”.  

 

Bocha Maschio: “Una excelente amistad. También es como un padre para mí. Era un lujo verlo jugar, siempre estaba desmarcado. Era el cerebro del equipo”

 

Todos: “Con Centurión tengo la mejor relación. Con Vietto también. Lautaro Martínez estuvo dos años alcanzando pelotas. Y de otras épocas más todavía: Ruben paz, Walter Fernández, el Turco García, Chatruc, Vitali”.

Publicado el 04/10/2018
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