» Por Matías Petrone

"Cumple tus sueños de jugar al fútbol"

Marcelo Díaz se parece a pocos jugadores del medio local, porque está cortado por esa tijera que cercena a los volantes más especiales, que combinan la sensibilidad de su técnica individual con el entendimiento del juego y el dominio de los espacios y de los tiempos para ser el eje sobre el cual gira un equipo. Pero Marcelo Díaz también se parece a un montón de otros jugadores, porque como muchos de ellos, encontró en el fútbol un refugio perfecto para inmunizarse ante los golpes de una vida que lo sacudió en más de una oportunidad. Si se realiza el ejercicio de buscar puntos en común entre la vida y el fútbol, el más sencillo de reconocer es que ambos poseen el carácter de ser imprevisibles, que le quita a los protagonistas el control absoluto de cualquier situación. Es decir, desde la planificación de cualquier acto, se pueden reducir los margenes de error y ampliar la convicción  de que algo va a suceder, pero de un segundo a otro, el azar puede cambiar el rumbo de todas las jugadas. Marcelo Díaz lo sabe. Porque en más de una oportunidad, la adversidad lo envolvió en ese abrazo frío, que es paradójico porque es abrazo y es frío y porque aunque es abrazo, es soledad y no compañía. 

 

 Cuando Marcelo Díaz no estaba ni cerca de ser bicampeón de América y viajaba casi tres horas desde Padre Hurtado, la comuna donde vivió su infancia y adolescencia, hasta Santiago para entrenarse en las categorías juveniles de la Universidad de Chile, ya era conocido, por lo menos en su barrio, por su enorme talento para relacionarse con la pelota. Y además, porque siempre andaba con Gonzalo, su hermano seis años mayor, que era tan bueno como él pero no tan bueno como los dos juntos. Cuando eran chicos, su abuelo materno les decía que le iba a dar 500 pesos a quien metiera más goles. Y siempre ganaba Gonzalo. Por eso, entre otras cosas, Marcelo cree que su hermano era el mejor de los dos, aunque la carrera como futbolista del mayor se haya visto frustrada por la realización a desgano del Servicio Militar Obligatorio que también le interrumpió los estudios secundarios. Hoy siguen jugando juntos. Aunque ya no tiran paredes en Padre Hurtado ni su abuelo les regala 500 pesos a quien meta más goles, Gonzalo juega en cada pase y en cada quite de Marcelo desde que le habló por última vez, en una noche de noviembre hace quince años: “Cumple tus sueños de jugar al fútbol y perdóname”, decía un fragmento de la carta que el mejor de los Díaz escribió unos puñados de instantes previos a quitarse la vida en el patio de la casa. Sin encontrar explicaciones para lo que había pasado, Marcelo tuvo que crecer de repente. Se ahogó con un llanto mudo y se encargó de transmitir la noticia al resto de sus familiares por teléfono, mientras que a su madre la trasladaban a un consultorio vecinal debido al estado de shock que sufría y su padre lidiaba con la insoportable burocracia que le sigue al deceso de una persona y antecede a un velatorio. 

 

La crisis familiar fue tan grande que hoy a Marcelo todavía le duele convivir con los cambios que sufrió la personalidad de su mamá luego del hecho. Cree que perdió el sentido del humor que la caracterizaba y choca contra la impotencia al darse cuenta de que no puede hacer nada para ayudarla. Además, al poco tiempo, el padre de la familia Díaz decidió irse, abandonarlos. Y otra vez, sin entender por qué, Marcelo estaba solo, pero ahora trotaba sobre el camino que su hermano le comenzó a pavimentar en el momento en que escribió aquel “sigue con tu vida, cumple tu sueños” que pocas personas pudieron leer. Le quedaba eso, su sueño: jugar al fútbol. Entonces nunca pensó en dejar de entrenar. Y empezó a convivir con el significado de la palabra resiliencia: capacidad humana para enfrentar con plasticidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. 

 

Ya habían pasado 14 años. Con su pasado marcado en la piel (tiene tres tatuajes sobre su hermano), dos Copas América en su vitrina personal y un fantástico presente en el fútbol europeo, Marcelo Díaz fue titular en la final de la Copa Confederaciones donde Chile se midió ante Alemania. A los veinte minutos de juego, controló la pelota en su zona, unos pasitos más adelante de la medialuna del área propia, y la retuvo esperando a que el equipo se desplegara para desarrollar una buena salida luego de que este se había cerrado como un acordeón para bloquear una transición veloz de su rival. Orientó su cuerpo hacia su izquierda para enfrentar a Stindl que presionaba por ese sector y giró rápidamente sobre su propio eje para engañar a los alemanes y salir por el lado opuesto. Jugada clásica del mediocentro chileno. Pero esta vez no contó con que Timo Werner lo esperaba por su lado ciego para quitarle la pelota. Los dos jugadores europeos quedaron de cara a Bravo, que nada pudo hacer para evitar el gol. “Un error enorme de uno que no se equivoca nunca” rezó uno de los relatores más populares de Chile en la transmisión televisiva. Después de esa jugada, Marcelo se equivocó constantemente y fue reemplazado a los 56 minutos. Fue 1 a 0 para Alemania. Se sintió culpable de la derrota y así lo expresó en la rueda de prensa que dio después del partido, con el llanto hecho un nudo en la garganta y con los ojos más brillantes y húmedos que nunca. No analizó por qué su equipo no pudo remontar el resultado ni ningún otro componente colectivo del juego, se quedó con su error, individualizó la derrota y pidió disculpas. Nuevamente se encontró solo, sumergido en un dolor que él mismo comparó con el que sintió en aquel noviembre. Nunca se imaginó que el fútbol, su refugio y el terreno donde se cumplieron todos sus sueños, iba a lastimarlo de la misma manera que lo lastimó el fallecimiento de su hermano, pero estaba equivocado. 

 

Y entonces tuvo que repetirse en su resiliencia. Dejó el Celta de Vigo para insertarse en un fútbol con menos exigencias y exposición como el mexicano e intentar sobrepasar el momento adverso. Volvió a ser convocado a la selección, pero el equipo quedó en la orilla de la Copa del Mundo de Rusia y nunca más fue citado. Pasó un año y trajo su jerarquía a la Argentina, más precisamente a Racing. Con una armadura construida a partir de sus experiencias bien calzada en su morruda contextura física, usa a la pelota para con pases cortos administrar los espacios, analizar por dónde romper las líneas rivales y transformar al conjunto de jugadores en un equipo corto y sólido a cualquier altura del campo. Pero por sobre todas las cosas, la usa porque ahí encuentra su confianza y reluce su talento. Sabe que ella lo va a llevar a encontrarse con el Marcelo Díaz que supo ser: el que brilla en su club y representa a su país con la Roja. Porque al final sólo de eso se trata. De transitar, a pasos cortos o largos, por el sendero que Gonzalo sembró y cumplir todos sus sueños jugando al fútbol.

 

Publicado el 30/09/2018
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