» OPINIÓN| MATÍAS PETRONE

Las variantes que no están

Las variantes que no están

Hace 76 días que empezó a entrenarse para esto. No había agosto ni había invierno cuando se enteró de quién iba a ser su rival, que se anunciaba como el favorito, pero solo por una cuestión de palmarés, porque no existía la certeza de quién era realmente más poderoso pese a que montones de paneles televisivos hayan destinado montones de segundos a realizar comparativas y análisis bastantes superficiales para adornar un poco sus afirmaciones sobre quién tenía más condiciones para quedarse con esta pelea. Pero él entrenó. Y también invirtió para hacerlo: compró los mejores guantes, renovó sus botas que estaban algo gastadas y sumó nuevas peras y sacos de arena a su gimnasio, a los que llenó de golpes durante algo más de dos meses. Claro, valía la pena el esfuerzo. La pelea era todo. Porque si ganaba, llegarían posibilidades de disputar peleas cada vez más valiosas; pero si perdía, un volver a empezar.

Subió al ring. Miró a los ojos al otro, por primera vez de tan cerca, y chocaron los guantes. Eran los ojos más normales del mundo. Y sus manos no parecían ni tan grandes ni tan duras como todos le habían dicho. Mientras el árbitro les decía frases tan protocolares como ignoradas a ambos boxeadores, él pensaba en los 76 días de entrenamientos, en los guantes y las botas de estreno y en las peras y los sacos a los que paliceó: todo estaba con él en ese momento. Ahora solo tenía que combinar esos recursos con una buena estrategia para hacerlos valer en el momento de la pelea. Hasta este punto, siempre utilizó la misma estrategia. Conoce bien ese libreto, con el cual se siente más cómodo, el que utilizó para afrontar, y por momentos hasta lucirse, en peleas menos importantes. Es cierto que no estaba invicto ni mucho menos, pero la confianza en su plan lo cegó ante las posibilidades de variar, y entonces empezó a pelear. Midió a su rival con un par de jabs y notó que sus antebrazos ahora eran gigantes y que estos cubrían perfectamente la totalidad de la zonas a las que pretendía impactar. Pero en el deporte de alta competencia no hay tiempo para dudar, pensó, y sacó un poderoso cross con la diestra. Tuvieron que pasar 4 o 5 segundos aproximadamente para que se diera cuenta que ese cross nunca llegó a destino y que su rival le había puesto un buen gancho en la mandíbula, aprovechando el área que había quedado descubierta con su intento voraz de ataque. No era el camino. Tenía que buscar otra manera y ya nadie pensaba lo contrario. Pero al no conocer otra forma, insistió en su planeamiento inicial, aunque ahora con el valor agregado de recibir una piña inesperada como la que acaba a de recibir: complejos e inseguridad. Y fue peor. Está vez ni siquiera alcanzó a sacar un golpe antes de ligar un segundo impacto en su boca, ya completamente ensangrentada. Fue knock out.

¿Quiénes eran? Coudet y Gallardo. O Lisandro López y Pratto. O Nery Domínguez y Juanfer Quintero. O Neri Cardozo y Nacho Fernández. O Racing y River, en fin. Desde el inicio de la serie, el equipo de Gallardo superó a la Academia, partiendo desde aspectos tácticos que luego se vieron intensificados en los rendimientos individuales de los jugadores. Fue una llave que expuso la virtud más valiosa de un entrenador y el defecto más nocivo del otro: la lectura de Gallardo y la falta de variantes de Coudet.

El Muñeco se repite en la resurrección de sus equipos con partidos clave como escenario. Y la llave de octavos de final de Copa Libertadores contra Racing no fue una excepción. En primer lugar, insertó a Gonzalo Martínez en el Cilindro y al colombiano Quintero en el Monumental entre sus dos delanteros. Con está disposición, los puntas tuvieron la obligación (y el compromiso para cumplirla) de jugar algo más abiertos y bloquear las conducciones de los centrales de Racing y los pases que estos pudiesen realizar hacia los laterales, teniendo en cuenta también que el enganche iba a estar controlando el radio de acción de Nery Domínguez. De esta manera, la participación de los defensores y el volante central de la Academia en la gestación del juego tuvo demasiados obstáculos y las consecuencias las sufrieron en mayor medida Zaracho y Cardozo, que en la zona del círculo central fueron permanentemente acosados por los volantes de River que encontraban superioridades numéricas. Desde la táctica, Gallardo neutralizó la gestación del equipo de Coudet y eligió los ataques directos para intentar lastimar. No lo logró en Avellaneda, aunque avisó que podía hacerlo, y definió la serie en el Monumental, donde los primeros 45 minutos alcanzaron para afirmar la ventaja de un equipo sobre otro.

Fueron 180 minutos, divididos en dos partidos que estuvieron separados por veinte días. Y River siempre fue mejor. Pese a estar siendo sometido y contenido por la estrategia del rival, Racing no pudo soltar su libreto y buscar alternativas para escaparle a la previsibilidad de su juego y ser competitivo. No es la primera vez que le pasa y tampoco será la última. Porque no todos los partidos se presentan de la misma manera, entonces para ahuyentar las dudas, habituales visitantes en momentos adversos, será vital para Racing incorporar variantes para imponerse ante situaciones donde el confort brille por su ausencia. Y esto no significa necesariamente que el equipo debe resignar su valentía para adueñarse de los papeles protagónicos de los compromisos. Para nada, si fue justamente ese espíritu lo que le trajo buenos resultados y rendimientos que invitaron a creer en un futuro durante el primer semestre. Sino que tal vez contar con nuevos y diferentes senderos para transitar en la búsqueda de ese protagonismo, le otorgaría mayores facilidades para adaptar sus propuestas y las características de sus jugadores a los diferentes contextos que propongan los compromisos.

 

Publicado el 01/09/2018
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