La mujer de las posibilidades infinitas

La mujer de las posibilidades infinitas

Zulemita ya estaba estancada en el sillón con una copa de vino en la mano, lista para ver el encuentro entre su amado Racing y el sureño Banfield. Tenía su camiseta de La Academia puesta y el pelo castaño atado con una colita celeste. Sus ojos azules estaban abiertos de par en par, llenos de preguntas, ansiosos por ver fútbol. La cabeza no paraba de hacer ejercicio, las preguntas iban y venían como suele hacer Iván Pillud en el lateral, que, en teoría, tendría un gran partido. O quizás uno no tan bueno. Aunque, tal vez, debería salir reemplazado rápidamente por lesión. Capaz, se ausentaría a último momento por un compromiso impostergable y repentino.

Tenía dudas con cualquier cosa que pudiese llegar a pasar. Es que, esa misma tarde, había ido a visitar a Sheila Nuamjiri. Fue la primera vez que lo hizo y de pura curiosidad, aunque con un poquito de ganas de llevarle la contra porque no podía ser. Era una bruja conocida como la mujer de las posibilidades infinitas. Su trabajo consistía sencillamente en contarles a sus víctimas todas las posibilidades en torno a un acontecimiento, evento, personas o lo que fuere. Zulemita desconfiaba porque, básicamente, la loca lo único que hacía era enumerar situaciones hipotéticas que cualquiera con un poquito de imaginación podría graficarse en la cabeza.

Sheila vivía cerca de la casa de Zulemita. Cuando la hincha de Racing llegó, se llevó varias sorpresas. La mujer de las posibilidades infinitas vivía en un departamento de madera en cuyas paredes había enredaderas de un verde que no se iba ni en otoño. Era todo un misterio. La cama consistía en un colchón en el piso rodeado de flores de todo tipo: claveles, lotos, rosas, margaritas, tulipanes, hortensias, lirios y otras más que desconocía. Tampoco morían, su vida estaba congelada.

A los costados del colchón había dos bibliotecas de cinco estanterías cada una, aproximadamente de dos metros de alto, lo cual llamó la atención de Zulemita porque Sheila Nuamjiri no pasaba el metro cincuenta. “Por eso la mini escalera móvil”, pensó.

La bañadera estaba a la vista, no tenía un cuarto aparte. No podía decir que no tenía baño porque tenía, pero a Zulemita le pareció de lo más raro que la ducha estuviese por fuera. No se animó a preguntar y tampoco tuvo tiempo, tenía un millón de cuestiones más que le interesaba formular.

Cuando llegó, Sheila la recibió con una blusa larga hasta las rodillas del mismo azul de los ojos de Zulemita. Se presentó hablando confuso, jugando con las estructuras gramaticales, algo que la hincha de Racing conocía porque le habían advertido que debería estar atenta para descifrar los trucos de la bruja, que le pareció bellísima, sacada de un cuento de hadas. Tenía los ojos rojos rubí, la cara angulosa y las orejas puntiagudas como los elfos de fantasía. El pelo corto y revuelto era negro azabache, pero cuando la luz lo acariciaba se tornaba azul medianoche. “Como piedra dura quedaste tú al mirarme. Pero de no moverte de allí, tus preguntas no generarán más preguntas y te quedarás sólo con respuestas”, le había dicho Sheila.

Zulemita dio un sorbo al vino y dibujó una sonrisa al recordar a la mujer de las posibilidades infinitas. Le había dicho que una vez finalizado el partido acabaría riendo o llorando, que Racing podía ganar o empatar pero no perdería. O quizás sí, pero era una posibilidad remota. Existía, también, la gran posibilidad de que el encuentro terminase 0-0. De ser así, Sheila le había dicho que lo más probable es que con ese marcador horrible se muriese un bello pajarito. Había grandes chances de ello. La bruja le había dicho: “El equipo de Chacho complicada tiene la llave del gol, en frente tiene pues, a una impenetrable defensa que de nueve hombres se constituirá. Porque no existe un rasgo tan característico de algo, como el hecho de que a los planteles del único hombre que puede tocarse la pera con la nariz es casi imposible hacerles goles. Julio César Falcioni emperador no es sin razón”.

Volvió a sonreír Zulemita. No tanto por las predicciones que había escuchado, sino porque ya estaba pensando como Sheila. Iván Pillud se preparó para desenfundar en el borde del área y batir a Mauricio Arboleda. El mundo se le congeló: podía ser gol y el pueblo racinguista gritaría a más no poder. También la pelota tenía posibilidades de terminar en la luna o en ningún lado, porque el lateral le pifiaría. Se sobresaltó cuando el remate reventó el palo. Al parecer, no era tan buena viendo posibilidades como Sheila, que le había advertido que había chances de que se volcase el vino. Y así fue, su camiseta de Racing ahora llevaba una mancha de tinto pues jugaba Lacadé.

Maldijo a Arboleda. Sheila, mientras fumaba tabaco y acariciaba a su cacatúa ninfa de copete bien peinado, le había dicho que existía la posibilidad de que el arquero atajase excelentemente. Aunque también podía cometer errores o irse expulsado por insultar al juez Diego Abal. Pero Zulemita se dio cuenta de que la primera opción era la mejor, porque el arquero piel de ébano estaba firme como un árbol de ochocientos años y cincuenta metros de altura. Racing iba a tener el arco cerrado. O no, o bien podría abrirse, como le había dicho la mujer de las posibilidades infinitas.

“Olé”, había gritado Sheila cuando Zulemita le dijo que posiblemente Pillud corriese una barbaridad. Bailando Flamenco, la bruja le dijo que, si bien eso era posible, debería tener en cuenta que no implicaba necesariamente que el número cuatro hiciese un gran partido porque cabía la posibilidad de que Claudio Bravo, el lateral izquierdo de Banfield, también la rompiese porque tenía pinta de crack. Podían pasar ambas cosas. Zulemita encontró la respuesta casi al finalizar la primera parte, porque ambos habían tenido un gran desempeño, pero no pudo darlo por seguro hasta el pitazo que indicó el cierre de la primera mitad.

Sheila le había dicho que existía la posibilidad de que el vino fuese lo más divertido del primer tiempo, pero que también existía la posibilidad de que no hubiese primera etapa. Cuando Zulemita le preguntó por qué, la mujer de las posibilidades infinitas le dijo que quizás y sólo quizás, el partido debería suspenderse por una invasión de Brasil que arrancaría por Buenos Aires como muestra del enojo de Jair Bolsonaro, el presidente verde amarelo, por la reciente victoria de Alberto Fernández en las elecciones nacionales. La bruja le tuvo que explicar que ese sí había sido un simple chiste porque Zulemita retorció la cara de espanto ante la posibilidad de no poder ver a Racing.

Se sirvió otra copa de vino y miró la botella medio vacía, medio llena. Sheila le había dicho que existía la posibilidad de que se tomase un frasco entero de vino o que no tomase nada o que tomase dos y hasta cambiase la bebida por cerveza bien fría. Zulemita decidió borrar esa parte de la charla de su cabeza porque acabaría tomándose no dos, sino tres botellas de vino y no estaba interesada de momento. Quería ver el segundo tiempo, que empezó con un bello recorte de Matías Zaracho hacia el centro para ejecutar un remate que podría colgarse de un ángulo, pegar en el poste, irse al córner o terminar embolsado entre los brazos y el abdomen de Arboleda, como finalmente ocurrió.

Zulemita estaba perdida, por la borrachera y por las millones de posibilidades que le venían a la mente. De una sola cosa estaba segura. Al terminar el partido, iría a ver a Sheila como había prometido o bien como había anticipado la bruja entre tantas posibilidades posibles para lo posterior al encuentro: “No sabemos qué verás, pero verás verás cómo volverás a mi para preguntas hacerme y un rato más charlar. Verás, ya verás”.

Lo que ninguna de las dos vio y por eso se enojó un poquito con Sheila, fue que existía la posibilidad de que se pegase un gran susto cuando una pelota que salió del pie de Agustín Urzi estrelló en el palo de Gabi Arias. Lo cierto es que Zulemita no se asustó tanto por lo que ocurrió sino por lo que podría haber pasado, ya fuere un gol de Banfield, la lesión del chico sureño, un desgarro del guardián imperial o que la prensa apuntase a Pillud como el responsable de no haber llegado a cortar ese balón.

Zulemita miraba y miraba. Tomaba y tomaba. Pensaba y pensaba. En Sheila pensaba, porque el partido tenía un montonazo de posibilidades que ya la aburrían porque no pasaba demasiado. Era muy difícil romper con el atrincheramiento de Banfield. O quizás no tanto, porque existía la posibilidad de que alguno de los remates de afuera del área o un bello centro entrase. Pero ni una, ni la otra. Remates hubo, uno de Mati Rojas que podría haber pasado muy lejos, pero que pasó muy cerca. Centros con veneno también, pero Arboleda, que no se distrajo aunque existía la posibilidad de que en algún momento lo hiciese, atajó la pelota que David Barbona metió al área en busca de Darío Cvitanich, que casi cabecea la pelota con una bella palomita, lo hubiese sido el tanto de la victoria o simplemente la apertura del marcador que luego empataría el club del sur.

Tomó el vino lo más rápido que pudo con la esperanza de que se consumiese el tiempo a la misma velocidad, porque si bien existía la posibilidad de que ganase o perdiese Racing, empatar parecía lo más lógico en aquel momento. Se puso triste porque se dio cuenta de que el partido había perdido importancia y que su deseo más presente era visitar a Sheila. Insultó, otra de las posibilidades que había enumerado la bruja, cuando Diego Abal anunció que se jugarían cinco más. Entonces empezó a pensar en qué posibilidades de vestimenta tenía. Podía no cambiarse o hacerlo y ponerse un vestido primaveral porque hacía calorcito. Pero si llovía estaría en problemas. Si no llovía habría decidido bien. Lo más justo y posible era llevar una camperita por si las moscas. Tuvo que dejar las sandalias, las cambió por zapatillas por si caía agua del cielo pero como podía no pasar puso las chanclas en la mochila. Finalmente se cambió y partió para lo de Sheila.

Cuando llegó, Zulemita se encontró con la puerta abierta que antes había estado cerrada. Se animó a pasar, porque había chances de que Sheila hubiese recordado su advertencia de que volvería. Pero también sintió miedo por estarse metiendo en donde no la habían llamado o porque descubriría la escena de un crimen horrible contra la bruja que tenía muchos enemigos que se sentían estafados con sus posibilidades, confundiendo a Sheila con una vidente.

Se sorprendió. La mujer de las coincidencias la estaba esperando efectivamente, pero con cara triste y los cachetes mojados con lágrimas escarlata. En sus manos yacía su cacatúa ninfa con el copete despeinado y flores marchitas a su alrededor. A Zulemita se le partió el corazón y se limitó a sentarse al lado de la bruja. Existía la posibilidad de que la echase, que la abrazase, que la invitase a tomar algo. En fin, un montón. Esperó. Intercambiaron miradas y sonrisas. Los pómulos de la bruja se secaron y recostó al pajarito en una pajarera con la forma del Cilindro, la cancha del 0-0 que mató a su amiguito.

-Mi secreto más secreto contarte elijo, Zulemita- dijo Sheila.

La hincha de Racing sonrió, la miró y no le respondió. El silencio hizo su trabajo. Sheila comenzó planteándole una posibilidad:

-Preguntándote seguramente estés cómo es que posibilidades tan infinitas y heterogéneas de ver soy capaz.

Zulemita la miró con ternura y asombro, tenía razón. Y el corazón se le derritió cuando Sheila empezó a hablar suspirando, con la misma tranquilidad con la que juegan los expertos del mediocampo, en siseos como las serpientes. Era un secreto con la melodía de una canción de cuna que la hizo pensar y, de todas las variantes posibles, sacó una conclusión única. La mujer de las posibilidades infinitas era tan atractiva, no sólo por lo evidente, físico y mental, sino porque jugaba con la incertidumbre, algo tan abstracto e intangible que lleva a las personas a la locura de las suposiciones, que tanta vida dan y tanta quitan.

-¿Y el secreto?- preguntó Zulemita.

-Claramente y sin complejidades hablaré en esta ocasión, porque posibilidades hay millones pero una sola frase que te lleves quiero, una respuesta que consigo lleva infinitas preguntas nuevas.

-Soltalo, dale.

-Mi secreto, Zulemita, lo escuché en una serie española. Tocaya tuya era la presa que habló con tanta firmeza. Siempre hay muchas situaciones posibles. El futuro escrito no está y por eso las infinitas posibilidades nos dan miedo. Y lo que yo aprendí de aquella personaje, que me ayudó a paz encontrar ante la incertidumbre, es que cuando nada es seguro, todo es posible. Antes de que las suposiciones me lleven como canto de sirena se lleva marinero, me maravillo con tan solo pensar en la vida y nuestras posibilidades infinitas.

 

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